¿Día de la Madre o Marketing Emocional?

Ayer fue el Día de la Madre. Desde hace dos semanas, los anunciantes ya inundaban nuestros intermedios televisivos con perfumes, ropa, accesorios, incluso participaciones de lotería y cupones de la ONCE.  He de admitir que tan pronto dejé de hacer manualidades en el colegio, con pinzas de madera y figuras de arcilla pintadas a brochazos, envueltas en papel transparente de colores, y cuyos brazos o nariz se rompían al contacto con los libros dentro de mi mochila, antes de llegar a las manos de mi madre, abandoné la ilusión por el Día de la Madre. En mi casa nunca hubo pasión por estos días señalados en el calendario de los famosos grandes almacenes.

Mi incorporación al puesto de madre fue bastante tardío, aunque muy deseado. Por eso quizás recuerdo mi primer Día de la Madre, con mi pequeña y aquella Luna brillante que mi marido me regaló en honor al nombre de mi hija y que exhibía orgullosa en mi cuello, pero siempre pensando que «podría habérmelo regalado cualquier otro día porque yo, muy digna, era madre todos los días».

Para mí, el amor de una madre no se celebra un día determinado del año. El amor a un hijo se expresa cada día, cada minuto, cada segundo. Es un amor que rompe tu corazón cuando miras su carita, sus manos, sus delicados pies, mientras duerme. Cuando ríe, cuando comienza a dar sus primeros pasos, y cuando pronuncia sus primeras palabras. Cuando crece y acompañas sus pasos hasta el colegio, cuando repasas la tabla de multiplicar con ella, cuando te esfuerzas en entender sus anhelos, sus preocupaciones, sus discusiones con amigos y buscas argumentos para calmarla antes de un examen. Cuando en el festival del cole, realiza esas complicadas piruetas y sientes miedo a que se caiga. Cuando lavas su pelo negro y sin darte cuenta es ella la que está maquillando tus mejillas y te preguntas ¿dónde habrá aprendido a hacerlo tan bien?. Cuando discutes con ella y pasas la noche en vela, pero al despertar te recibe con un beso y te regala su mejor sonrisa. Cuando toma un avión para, con 12 años, estudiar inglés, mientras te mira con ojos de «he cambiado de opinión. Prefiero quedarme»…. Y como me dijo un amigo cuando ella llego a mi vida, «los hijos son como remolques que siempre llevas detrás. Da igual que tengan meses, 7, 15 o 26 años. Siempre están en tu vida, tras de ti y tú tiraras de ellos».

En cambio ayer, fue un día diferente. Era el primer Día de la Madre que faltaba mi madre, que como una pequeña vela encendida se fue apagando casi sin darnos cuenta y el verano, con sus calores, se la llevo una tarde de agosto. Ayer, los restaurantes y las calles rebosaban de familias que reían, bebían y comían entre risas y besos. Y yo, tenía una gran tristeza en mi corazón. El tiempo acompañó y las terrazas se llenaron de madres orgullosas, sonrientes, con sus mejores trajes y sus mejores peinados, que reían al sol y yo, busqué por un rato la sonrisa de mi madre y de pronto, la encontré en los ojos de mi hija.

Y entre este torbellino de sensaciones, de sentimientos y emociones, me imagino que por una absurda deformación profesional, me viene a la cabeza todo aquello que vengo escuchando sobre cómo vender un producto movilizando a los clientes por sus sentimientos, valores y emociones y ¿qué hay más emocionante que la relación con una madre?. Dicho así, y examinando las emociones que despiertan la relación entre una madre y un hijo, se intenta satisfacer esta emoción ofreciendo un determinado producto. Es decir, se busca el posicionamiento estratégico, un lugar en la mente del consumidor, intentando conquistar sus emociones. Y esto es exactamente lo que las marcas vienen haciendo en los últimos años. Se utiliza esa emoción que despiertan los sentimientos maternales, (o paternales) para vendernos sus productos.

Y de aquí nace una técnica conocida como Neuromarketing, que consiste en la aplicación de técnicas pertenecientes a las neurociencias, al ámbito de la mercadotecnia, analizando cuáles son los niveles de emoción, atención y memoria que poseen los diferentes estímulos percibidos de forma consciente o subconsciente con la intención de la toma de decisión del consumidor. O dicho de otra forma, es el estudio del cerebro para comprender el inconsciente que dirige el proceso de compra y explica que los consumidores capten su atención a través de la creación de imágenes que les despiertan emociones, y no a través de argumentos racionales. Por lo tanto, se busca que la emoción sea más intensa para asegurar la conexión neurológica del cerebro del consumidor. Las marcas buscan llegar al corazón provocando sensaciones. El Marketing Emocional intenta dejar huella en el consumidor proporcionando estimulantes basadas en el placer y el bienestar.

¿Y ayer por la tarde, me preguntaba mientras veía a los niños entregar regalos a sus madres, si no sería todo este circo una inteligente estrategia de Marketing Emocional perfectamente orquestada por las marcas?. Y al minuto, me sobrevino una sonrisa a la mente. «!Qué mas da!», pensé… «seguramente», y sonriendo mentalmente, pensé todo lo bueno que nos proporciona el marketing, despertando las emociones de madres e hijos y que si es algo impuesto o meditado, no importa y que sean bienvenidas todas estas emociones. Que viva el Día de la Madre y el Marketing Emocional.

Y tú, ¿qué opinas?. Deja tu opinión. Al final, este es otro ejemplo de Marketing Casero, marketing de andar por casa.

 

 

 

Fuente Infografía: Artículo de ticsyformacion.stfi.re

 

 

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